Fue una mala idea. Tal como ha sido oficialmente reconocido, desde su diseño hasta su implementación. Ha afectado a miles de chilenos en su calidad de vida. Se han gastado millones de dólares sin resultados. Ha sido, sin duda, la peor política pública desde el regreso a la democracia. Los responsables políticos están claros, tienen nombre, y es probable que sean castigados en las urnas y por la historia. Con su negligencia han marcado negativa e irreversiblemente este periodo presidencial, asfixiando esta administración desde el primer minuto.
Pero junto con lo anterior se ha mostrado la peor cara de la política, aquella que desde afuera, avergüenza. Diputados negociando votos por subsidios especiales; otros, negando la sal y el agua en busca de una victoria pírrica; otros aprovechan esta “calamidad pública” y aplican hasta el extremo la teoría del desalojo, viendo aquí la gran oportunidad de llegar al esquivo sillón de La Moneda. Para qué hablar de ciertos diputados y senadores oficialistas, muchos de los cuales ya han abandonado el barco. De todos ellos, no se ha escuchado ninguna solución cuerda. Un ex presidente ha planteado la estatización del sistema. Otro, el regreso a las micros amarillas. En tanto el ejecutivo, acumula error tras error, buscando recursos de manera desesperada, aún pasando por alto la Constitución.
Todo esto me recuerda viejos tiempos, que se conocen en los libros, donde la política era el arte de destruir al oponente. A esta altura es útil preguntarse ¿Dónde quedó el respeto por la dignidad de nuestros ciudadanos? ¿No es acaso el ejercicio político un medio para lograr el bien común? No hay que ser ingenuo, la política es dura pero a veces es necesario abandonar trincheras, olvidar rencores, dialogar, y encontrar soluciones. Quizás, más que nunca hoy se necesite reflotar la política de los acuerdos, buscando el bienestar de nuestro pueblo. Para esa tarea muchos son los llamados y todos ellos escogidos.

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